 | PARA QUÉ SIRVE LA POESÍA |
| Seamos sinceros y no caigamos en una cobardía semejante a la de los súbditos de aquel cuento donde el rey decía ir vestido con un traje invisible para los malandrines y admirable, lujoso y magnífico, para los súbditos leales y honrados. |
Lis Fernández Cuervo
Arvo Net, 29/10/2005
Prometí en mi anterior artículo comentar unas certeras palabras sobre poesía de Claudia Lars y de Hugo Lindo, porque en ellas se encierran dos aspectos muy importantes y profundos, sobre lo que es poesía y sobre el uso que, para bien o para mal, pueda hacer el poeta de su don creador. Claudia decía que su canto era “canto de belleza”, que era “buscar en la sombra la verdad escondida”, para añadir enseguida una afirmación más terrible donde quedaba claro que el poeta puede hacer fracasar ese don inefable: “¡Y las fuerzas eternas que rigen el destino// han de volverme polvo si equivoco el camino!” Hugo Lindo perseguía una triple meta: “el bien, la verdad y la belleza”, que, si creemos a los metafísicos, son hermanos, no ya gemelos sino siameses inseparables. Es decir, que si algo ha de ser bello, tiene también que ser verdadero y bueno. Para esos dos grandes poetas salvadoreños está muy claro en que consiste su oficio creador, donde está su autenticidad y sus condicionamientos últimos, los más profundos: bondad, verdad y belleza. Dicho de otra manera, la Mistral en su “Decálogo del artista” viene a decir lo mismo: “No darás la belleza como cebo para los sentidos, sino como el natural alimento del alma.” (...) “No te será pretexto para la lujuria ni para la vanidad, sino ejercicio divino.” (...) “Subirá de tu corazón a tu canto y te habrá purificado a ti el primero.”
Pero ante esos postulados surgen ahora, enseguida, preguntas inquietantes: ¿Mucha de la poesía actual se atiene a esos mandamientos y objetivos? ¿mucho de lo que se nos presenta actualmente como “poesía” tiene alguna belleza? Yo podría extender esa cortante pregunta a otras bellas artes: la pintura y la escultura. ¿Son bellas, por ejemplo, algunas de las esculturas que se han expuesto recientemente en el MARTE? ¿Hay belleza en ciertas pinturas actuales donde sólo se observan ciertos chafarrinones más o menos abstractos de oscuros y turbios colores, o un presunto realismo mágico ocupado por seres absurdos o deformes?
Seamos sinceros y no caigamos en una cobardía semejante a la de los súbditos de aquel cuento donde el rey decía ir vestido con un traje invisible para los malandrines y admirable, lujoso y magnífico, para los súbditos leales y honrados. Sólo un ingenuo niño se atrevió a decir la verdad: el rey iba desnudo. Yo me atrevo ahora a ser ese niño y después de la escandalosa afirmación que dije en mi artículo anterior de que el don poético es un don divino, supero ahora ese escándalo afirmando que en el arte actual hay mucha falsedad, y mucha cosa fea y ridícula. No se pretende ni lo bueno, ni lo verdadero ni siquiera lo bello. Y gran parte de la poesía actual no escapa a esa afirmación. Se buscó escandalizar, se buscó lo original, lo nuevo y ya nada escandaliza. Se prostituyó después al partido político, al mercado, a la decadencia moral, personal o del ambiente. En la poesía, se desechó primero la métrica y la rima; después la musicalidad, el ritmo y el tono, que son imprescindibles para que el verso libre lo sea de verdad y no una impostura. Vinieron después los antipoemas, el prosaísmo y “los artefactos”. ¿Resultado? Ahora cualquier cosa que se titule como poesía, se admite.
El público está muy desorientado: admira y aplaude cualquier cosa. ¿Cómo se entiende, si no, que se aplaudiese en nuestro país, en plena crisis de inundaciones y desgracias de tanta gente pobre, el presunto “poema” de un autor extranjero donde se describe a los pobres diciendo que son feos, ridículos, que huelen mal, visten peor y otra serie de insultos? Desde luego que ese buen señor no conocía el decálogo de la Mistral donde su séptimo mandamiento reza: “Tu belleza se llamará también misericordia y consolará el corazón de los hombres”.
Aquí podría decir Horacio, como de la locura de su amigo Hamlet, que sin embargo hay un sistema, hay una lógica en el prosaísmo, la vulgaridad, la vaciedad, e incluso en el feísmo y la falsedad, de tanta poesía actual: es la consecuencia lógica del ambiente cultural actual mayoritario y de los que viven y medran en él con cierta satisfacción. “El pensamiento político correcto” exige declarar que no hay verdades universales y perennes, ni en religión, ni en moral, ni en costumbres ni en estética, ni en nada. Todo es relativo. Todo es opinable. Lo mayoritario es ley. Y de eso se encarga el marketing. Si se está de acuerdo con ese credo, entonces efectivamente sobran la verdad, el bien y la belleza. Es más, son imposibles, porque nadie da lo que no tiene. El becerro de oro, capitalista o comunista, es lo que hay que adorar y sus mandamientos los que hay que obedecer: lo nuevo, a ser posible, lo odioso, lo chocante, lo absurdo, lo ridículo, lo hiriente, lo que molesta o lo que repele.
Pero el tiempo es el más certero e implacable juez. ¿Qué es lo que hace que tantas obras de arte del pasado se sigan admirando? ¿Qué es lo que les da la durabilidad de lo clásico? Y en contraposición ¿qué quedó del ultraísmo, del creacionismo, del surrealismo y de tantos otros “ismos”? ¿qué vigencia moribunda tienen ya la poesía comprometida, la revolucionaria? Si se erró el camino, si se despreció a esos otros hermanos de la belleza que son el bien y la verdad, entonces se cumple la sentencia de Claudia Lars y las fuerzas eternas que rigen el destino, volverán polvo a todo errado camino.
Luis Fernández Cuervo
lfcuervo@telemovil.net
El Salvador
http://blogs.periodistadigital.com/ypiensoyo.php/2007/02/20/la_farsa_del_arte_modernoHans Christian Andersen
Los vestidos nuevos del emperador
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Hace muchos años, había un Emperador tan aficionado a los trajes nuevos, que gastaba todas sus rentas en vestir con la máxima elegancia. No se interesaba por sus soldados, ni por el teatro, ni le gustaba salir de paseo por el campo, a menos que fuera para lucir sus trajes nuevos. Tenía un vestido distinto para cada hora del día, y de la misma manera que se dice de un rey: "Está en el Consejo", de nuestro hombre se decía: "El Emperador está en el vestuario". La ciudad en que vivía el Emperador era muy alegre y bulliciosa. Todos los días llegaban a ella muchísimos extranjeros, y una vez se presentaron dos truhanes que se hacían pasar por sastres, asegurando que sabían tejer las más maravillosas telas. No solamente los colores y los dibujos eran hermosísimos, sino que las prendas con ellas confeccionadas poseían la milagrosa virtud de ser invisibles a toda persona que no fuera apta para su cargo o que fuera irremediablemente estúpida.
- ¡Deben ser vestidos magníficos! -pensó el Emperador-. Si los tuviése, podría averiguar qué funcionarios del reino son ineptos para el cargo que ocupan. Podría distinguir entre los inteligentes y los tontos. Nada, que se pongan enseguida a tejer la tela-. Y mandó abonar a los dos pícaros un buen adelanto en metálico, para que pusieran manos a la obra cuanto antes.
Ellos montaron un telar y simularon que trabajaban; pero no tenían nada en la máquina. A pesar de ello, se hicieron suministrar las sedas más finas y el oro de mejor calidad, que se embolsaron
, mientras, seguían haciendo como que trabajaban en los telares vacíos hasta muy entrada la noche.
«Me gustaría saber si avanzan con la tela»-, pensó el Emperador. Pero había una cuestión que lo tenía un tanto cohibido, a saber, que un hombre que fuera estúpido o inepto para su cargo no podría ver lo que estaban tejiendo. No es que temiera por sí mismo; sobre este punto estaba tranquilo; pero, por si acaso, prefería enviar primero a otro, para cerciorarse de cómo andaban las cosas. Todos los habitantes de la ciudad estaban informados de la particular virtud de aquella tela, y todos estaban impacientes por ver hasta qué punto su vecino era estúpido o incapaz.
«Enviaré a mi viejo ministro a que visite a los tejedores -pensó el Emperador-. Es un hombre honrado y el más indicado para juzgar de las cualidades de la tela, pues tiene talento, y no hay quien desempeñe el cargo como él».
El viejo y digno ministro se presentó, pues, en la sala ocupada por los dos embaucadores, los cuales seguían trabajando en los telares vacíos. «¡Dios nos ampare! -pensó el ministro para sus adentros, abriendo unos ojos como naranjas-. ¡Pero, si no veo nada!». Sin embargo, no soltó palabra.
Los dos fulleros le rogaron que se acercase y le preguntaron si no encontraba magníficos los colores y el dibujo. Le señalaban el telar vacío, y el pobre hombre seguía con los ojos desencajados, pero sin ver nada, puesto que nada había. «¡Dios santo! -pensó-. ¿Seré tonto acaso? Jamás lo hubiera creído, y nadie tiene que saberlo. ¿Es posible que sea inútil para el cargo? No, desde luego no puedo decir que no he visto la tela».
- ¿Qué? ¿No dice Vuecencia nada del tejido? -preguntó uno de los tejedores.
- ¡Oh, precioso, maravilloso! -respondió el viejo ministro mirando a través de los lentes-. ¡Qué dibujo y qué colores! Desde luego, diré al Emperador que me ha gustado extraordinariamente.
- Nos da una buena alegría -respondieron los dos tejedores, dándole los nombres de los colores y describiéndole el raro dibujo. El viejo tuvo buen cuidado de quedarse las explicaciones en la memoria para poder repetirlas al Emperador; y así lo hizo.
Los estafadores pidieron entonces más dinero, seda y oro, ya que lo necesitaban para seguir tejiendo. Todo fue a parar a su bolsillo, pues ni una hebra se empleó en el telar, y ellos continuaron, como antes, trabajando en las máquinas vacías.
Poco después el Emperador envió a otro funcionario de su confianza a inspeccionar el estado de la tela e informarse de si quedaría pronto lista. Al segundo le ocurrió lo que al primero; miró y miró, pero, como en el telar no había nada, nada pudo ver.
- ¿Verdad que es una tela bonita? -preguntaron los dos tramposos, señalando y explicando el precioso dibujo que no existía.
«Yo no soy tonto -pensó el hombre-, y el empleo que tengo no lo suelto. Sería muy fastidioso. Es preciso que nadie se dé cuenta». Y se deshizo en alabanzas de la tela que no veía, y ponderó su entusiasmo por aquellos hermosos colores y aquel soberbio dibujo.
- ¡Es digno de admiración! -dijo al Emperador.
Todos los moradores de la capital hablaban de la magnífica tela, tanto, que el Emperador quiso verla con sus propios ojos antes de que la sacasen del telar. Seguido de una multitud de personajes escogidos, entre los cuales figuraban los dos probos funcionarios de marras, se
encaminó a la casa donde paraban los pícaros, los cuales continuaban tejiendo con todas sus fuerzas, aunque sin hebras ni hilados.
- ¿Verdad que es admirable? -preguntaron los dos honrados dignatarios-. Fíjese Vuestra Majestad en estos colores y estos dibujos - y señalaban el telar vacío, creyendo que los demás veían la tela.
«¡Cómo! -pensó el Emperador-. ¡Yo no veo nada! ¡Esto es terrible! ¿Seré tonto? ¿Acaso no sirvo para emperador? Sería espantoso».
- ¡Oh, sí, es muy bonita! -dijo-. Me gusta, la apruebo-. Y con un gesto de agrado miraba el telar vacío; no quería confesar que no veía nada. Todos los componentes de su séquito miraban y remiraban, pero ninguno sacaba nada en limpio; no obstante, todo era exclamar, como el Emperador: - ¡oh, qué bonito! -, y le aconsejaron que estrenase los vestidos confeccionados con aquella tela, en la procesión que debía celebrarse próximamente. - ¡Es preciosa, elegantísima, estupenda! - corría de boca en boca, y todo el mundo parecía extasiado con ella. El Emperador concedió una condecoración a cada uno de los dos bellacos para que se la prendieran en el ojal, y los nombró tejedores imperiales.
Durante toda la noche que precedió al día de la fiesta, los dos embaucadores estuvieron levantados, con dieciséis lámparas encendidas, para que la gente viese que trabajaban activamente en la confección de los nuevos vestidos del Soberano. Simularon quitar la tela del telar, cortarla con grandes tijeras y coserla con agujas sin hebra; finalmente, dijeron: - ¡Por fin, el vestido está listo!
Llegó el Emperador en compañía de sus caballeros principales, y los
dos truhanes, levantando los brazos como si sostuviesen algo, dijeron:
- Esto son los pantalones. Ahí está la casaca. - Aquí tenéis el manto... Las prendas son ligeras como si fuesen de telaraña; uno creería no llevar nada sobre el cuerpo, mas precisamente esto es lo bueno de la tela.
- ¡Sí! - asintieron todos los cortesanos, a pesar de que no veían nada, pues nada había.
- ¿Quiere dignarse Vuestra Majestad quitarse el traje que lleva -dijeron los dos bribones- para que podamos vestiros el nuevo delante del espejo?
Quitóse el Emperador sus prendas, y los dos simularon ponerle las diversas piezas del vestido nuevo, que pretendían haber terminado poco antes. Y cogiendo al Emperador por la cintura, hicieron como si le atasen algo, la cola seguramente; y el Monarca todo era dar vueltas ante el espejo.
- ¡Dios, y qué bien le sienta, le va estupendamente! -exclamaban todos-. ¡Vaya dibujo y vaya colores! ¡Es un traje precioso! - El palio bajo el cual irá Vuestra Majestad durante la procesión, aguarda ya en la calle - anunció el maestro de Ceremonias.
- Muy bien, estoy a punto -dijo el Emperador-. ¿Verdad que me sienta bien? - y volvióse una vez más de cara al espejo, para que todos creyeran que veía el vestido.
Los ayudas de cámara encargados de sostener la cola bajaron las manos al suelo como para levantarla, y avanzaron con ademán de sostener algo en el aire; por nada del mundo hubieran confesado que no veían nada. Y de este modo echó a andar el Emperador bajo el magnífico palio, mientras el gentío, desde la calle y las ventanas, decían:
- ¡Qué preciosos son los vestidos nuevos del Emperador! ¡Qué magnífica cola! ¡Qué hermoso es todo!-. Nadie permitía que los demás se diesen cuenta de que nada veía, para no ser tenido por incapaz en su cargo o por estúpido. Ningún traje del Monarca había tenido tanto éxito como aquél.
¡Pero si no lleva nada! -exclamó de pronto un niño. - ¡Dios bendito, escuchad la voz de la inocencia! - dijo su padre; y todo el mundo se fue repitiendo al oído lo que acababa de decir el pequeño.
- ¡No lleva nada; es un chiquillo el que dice que no lleva nada!
- ¡Pero si no lleva nada! -gritó, al fin, el pueblo entero.
Aquello inquietó al Emperador, pues barruntaba que el pueblo tenía razón; mas pensó: «Hay que aguantar hasta el fin». Y siguió más altivo que antes; y los ayudas de cámara continuaron sosteniendo la inexistente cola.
» Humor: Cosas extrañas del arte moderno(I) desde Compartiendo y dialogando

Todavia recuerdo el tiempo que nos tiramos intentando decidir si 3 ventiladores viejos desenchufados que estaban en una leja de una de las salas de un museo de arte contemporaneo en Gante eran una obra o simplemente basura...
Vamos, la diferencia entre el arte y la basura es que la gente está dispuesta a pagar por lo primero :D
Recuerdo una exposición de Arte Contemporaneo en la Fundación Cajamadrid, un estintor llevaba un cartelito: "Esto no forma parte de la exposición"...
Todavía recuerdo en una exposición a un grupo de gafapastas alrededor de un pilar de exposición vacío, dándose garlopa los unos a los otros, hasta que alguien llegó por detrás y dijo: "Vaya: se han llevado la obra que estaba aquí"...
Fue un momento impagable: que "si el espacio", que "si la armonía del cubo dentro de la sala"....
En fin... Estas cosas suceden,
Mil gracias Mauro por recordarme los buenos momentos,
Paquito.
http://paquito4ever.blogspot.com
Otra escena similar acaecida en el curso de Pintura de segundo de Bellas Artes en la Universidad de Barcelona; un alumno superdotado presenta un conjunto de trabajos fotorealistas al óleo. El profesor lo juzga pasado de moda y le otorga un aprobado raspado.
Minutos más tarde otro alumno apaga las luces, se rodea el cuerpo con esos tubos elásticos fosforescentes y se pasa tres minutos saltando y bailando por la clase. Posteriormente se explayó durante media hora sobre los vacíos existenciales de su obra. El profesor, obviamente, le puso un sobresaliente...
Hay una broma con cámara oculta que me ha recordado mucho a este chiste.
En una exposición, en el centro de una sala hay un cubo y una fregona. En cuanto un grupo empezaba a darse aires (imagino que llevaría su tiempo esperar la oportunidad), llegaba la señora de la limpieza, tomaba la fregona y proseguía su trabajo. La cara de los fantasmones sí que era arte en estado puro.
Jejeje, me recuerda a uno tuyo que vi en El Jueves que salian en un museo pantallas de ordenador en azul con el cuelgue de Windows y que habia un tio de decia que era arte y bla bla ba....
Y luego era un fallo del sistema xD
A mi me da que este chiste es "basado en hechos reales"
Es tan fácil reirse del arte contemporáneo.
Y es tan difícil tomárselo en serio.
Creo que fue en Arco que el personal de limpieza despegó unos cachitos de cinta adesiva que había por el suelo, y resultó que eran una obra de arte.
Sí, amigo, es fácil no tomarlo en serio a pesar de la cara de palo que se te pone cuando los entendidos te echan la bronca y te acusan de insensibilidad. Pero para mis adentros, como Galileo "y sin embargo, se mueve". No sé dónde fue, otra limpiadora tiró a la basura lo que creyó una bolsa de basura y que resultó ser una obra de arte. Si es una obra de arte lo menos que se le puede pedir es que lo parezca, digo yo, al fin su función no es práctica sino estética y tal vez, simbólica. En este último caso, bueno, aceptable pues. Bello!
Mauro, si va a participar en lo de Granada le doy una idea para la viñeta: dos personajes:
- ¿Y no te pagan?
- No, me promocionan!
graná: Gracias por la sugerencia, pero no sólo no voy a participar en lo de Granada, sino que considero muy poco a cualquier profesional que se presente a este tipo de vergonzosos falsos concursos institucionales.
Hay que tener en cuenta que al menos el 10% de las "obras de arte" de los museos de arte contemporáneo están colgadas al revés.
Sigue así Mauro
Pero esta clase de cosas no pasan solo en los museos de "arte" contemporáneo. Hace unos años un tío entró al Prado con un cuadro suyo, lo puso en un hueco de una sala de los maestros holandeses y pasó semanas allí hasta que, por casualidad, pasó la conservadora jefe que fue la única en darse cuenta de que ese cuadro no era precisamente un Rembrandt.
La eterna discusión entre lo que es arte y lo que no...la verdad es que el comentario más acertado me ha parecido del que dice que si es arte por lo menos que lo parezca, es decir que a simple vista te diga algo, te levante o te baje el ánimo, te conmueva. Que no necesites una explicación de media hora del autor "sobre el existencialismo vacio y la arruga temporal de un huevo duro sobre excrementos de gato" para "enterderlo."?? Para colocar un water en un pedestal no hace falta ser un genio. Para hacer una tira cómica, sí.
Los mejores cuadros de "arte moderno" son los que sacaba Ibáñez en Mortadelo y Filemón. Obras como un amasijo de puntos y rayas titulado "Recolección del cacao en Guinea", o el sublime "La nada en el vacío cósmico del espacio despejado", o sea, un folio en blanco.
Seguro que esto ya lo habíais visto, pero ahí queda:
http://www.youtube.com/watch?v=Pj4MVtoNWZc
Unos niños de preescolar cuelgan un cuadro en ARCO, y a una mujer le parece barato que sólo pidan 15.000 euros por él.
También está el caso del alemán que mandó a un concurso las hojas que su niño de año y medio usaba para pintarrajear y el jurado no solo le dio ganador sino que resaltó la "madurez creativa" del artista.
Pues otro de los que se llevan la palma: un chimpancé de un zoo pinta cuando le dan papel y colores. Y resulta que quieren subastar, creo que ya lo han hecho, el cuadro por un pastón, claro. Las pinturas del mono son abstractas como era de esperar, manchas de color. Es un genio.
El vendedor.
Hablando de concursos, Mauro, he oído que existen los contratos pre-concurso literarios. Pactan el premio por adelantado.
Recordando, recordando... recuerdo lo que me comentó un amigo que estudiaba Bellas Artes en Salamanca, a finales del siglo pasado.
El día del examen, el profesor de escultura se da un paseo por la sala. Mira los trabajos, y acaba con una frase que no se me olvida: "¡¡¡a vosotros que bien os ha venido el arte moderno!!!". Aprobaron dos, creo recordar. Y mi amigo, suspenso, le dio toda la razón al profesor.
Saludos desde Venezuela, donde hay tildes y mangos.
La pregunta ya no es qué es arte, o, apurando más, si el arte moderno es o no una tomadura de pelo. Aceptado que no debe serlo, ante la insistencia de críticos, museos y creadores, ahora el ciudadano puede admirar con tranquilidad unos excrementos de elefante en una pinacoteca de renombre. Le queda sin embargo una parcela para mostrar su estupor, porque resulta que el arte moderno, como todo en esta vida, tiene precio, y al parecer no es barato. La Tate Gallery de Londres, uno de los principales museos del mundo, ha desvelado cuánto ha pagado por algunas obras. Como muestra, un botón: los citados excrementos han costado 880.000 euros.
'Pie 1968-1971', de Luciano Fabro-
En este caso se trata de una instalación bautizada The upper room (La habitación de arriba) por su autor, Chris Offili, que suele usar la mierda de plantígrado para sus obras de arte. Se da la circunstancia de que este creador pertenece al Patronato del museo; hasta ahora la institución se había negado a desvelar el precio de sus adquisiciones, pero ha decidido cambiar su política ante el revuelo originado por este caso.
Así, la Tate ha publicado en Internet la lista de la compra de su director, Nicholas Serota, y del presidente del Patronato, Paul Myners. En total el museo se ha gastado 12,6 millones de libras (unos 18,7 millones de euros) en los dos últimos años. Seis obras de Tracey Emin costaron 370.000 euros; la película How I Became a Rambli' Man, en la que el artista Rodney Graham aparece cantando disfrazado de vaquero durante nueve minutos, costó 151.000 euros. Más arte moderno: un perchero sin la parte superior (precisamente la que sirve para dejar el sombrero) reportó 600.000 euros a Luciano Fabro, que bautizó su obra como Pie 1968-1971.
Aun así, el museo cree que tiene lagunas importantes en su colección, pero ante el alto precio que alcanzan algunas obras en el mercado se ha visto obligada a instar a los creadores a que se las donen. Una veintena de artistas se ha comprometido a hacerlo, entre ellos la española Cristina Iglesias, pero pocos han cumplido hasta ahora su palabra.
En Japón, un retrato color ocre está a punto de ser rematado en una subasta por el precio de 83 dólares, entonces un experto alza la voz para decir que es un Van Gogh del período holandés y la pintura se vende en medio millón de billetes verdes.